Letterpress, ¿y eso qué es?

Letterpress, ¿y eso qué es?

Cuando a finales de octubre del año pasado Pedro Arilla publicó una referencia acerca del libro Nueva impresión tipográfica (Charlotte Rivers, Editorial Gustavo Gili), no hacía más de un par de semanas que nos habíamos conocido. Apenas intercambiamos un par de e-mails y tuvo la amabilidad de ofrecerme su plataforma en Don Serifa como vehículo de comunicación para lo que fuera menester. Como muestra de gratitud, no se me ocurrió mejor idea que torpedear su nuevo post con un alegato en contra del uso indiscriminado del fotopolímero que, ni yo mismo supe —ni sé a día de hoy— si se centraba más en cuestiones semánticas o sugería planteamientos más esenciales. Sea como fuere —y por si en aquel momento no alcancé una cuota de enemistades suficiente— recojo el guante del ahora amigo Pedro para desarrollar en las siguientes líneas, y con más calma, las ideas que ahí se vertían y, por qué no, matizar algunas otras, expresadas tal vez con excesiva vehemencia.

Para aquellos que desconozcan el citado libro, la misma editorial dice de él que «(…) arroja una mirada al estado actual de la impresión tipográfica por medio de una selección de más de cien trabajos realizados con esta técnica. El diseñador encontrará en estas páginas una valiosa instantánea de una disciplina que se ha convertido en foco de atención permanente».

Efectivamente, cuando uno empieza a ojear las primeras páginas, se encuentra con una serie de explicaciones técnicas del proceso tradicional de impresión profusamente ilustrados con bonitas fotografías en las que lucen con orgullo viejas minervas, bonitos especímenes, imposiciones, interlíneas o lingotes que acompañan bellas letras en madera o plomo.

Más adelante y cuando —por lo menos en mi caso— uno espera con la avidez del autodidacta descubrir nuevos secretos del mundo de la impresión tipográfica, me doy cuenta de que ahí no voy a aprender gran cosa; al parecer todos los utensilios e instrumentos que aparecían en la introducción estaban puestos a modo de atrezzo, como elementos decorativos, como meros figurantes sin apenas papel, puesto que todo lo que sigue (menos honrosas excepciones) nada —o bien poco— tienen que ver con el lenguaje de la tipografía tradicional: ¿dónde están los pequeños errores de presión, las sutiles vetas de la madera, las ligeras variaciones producidas por el mayor desgaste de algunas letras frente a otras menos usadas? ¿Y las transparencias irregulares, las superposiciones desiguales fruto del entintado manual o las sutiles diferencias entre copia y copia? Tampoco se reconocen las casi insalvables limitaciones del rígido sistema de montaje, que confería a las viejas creaciones ese aspecto severo, solemne y que debían ser contrarrestadas con tanta habilidad técnica como sensibilidad por la forma y alguna que otra trampilla de tipógrafo… Y es que tal y como señala Adam Hickman Ewing en el prólogo del mismo libro «(…) la impresión tipográfica tradicional está más íntimamente relacionada con la interpretación del sistema de puntos y picas por parte del impresor y con la forma tipográfica en bruto, que se compone físicamente. El autentico rigor reside en la la preparación y en la disposición de la forma, no en su impresión.»

Ejemplo tras ejemplo, la pisada (huella producida por la presión, paradójicamente tan denostada antiguamente), es el único elemento que —de modo insistente en todo el libro— nos sugiere la naturaleza de tales impresiones, realizadas (insisto, en su amplia mayoría) usando esencialmente el ordenador para componer los diseños y el  fotopolímero como matriz para la impresión.

Debo reconocer que mi primera reacción visceral me condujo a posicionarme radicalmente en contra de ese sistema de montaje. Me parecía una simplificación excesiva equiparar ambos sistemas por el hecho de usar el mismo artilugio (la prensa) en el momento último de la impresión. Era como sugerir que Chopin y Clayderman eran la misma cosa puesto que compartían instrumento, aunque —por otro lado— siempre he mostrado admiración por el trabajo de muchos de los talleres que, de modo íntegro o parcialmente, usan este tipo de técnicas para realizar sus encargos  además de reconocer en sus trabajos, no solo una admirable factura, sino también las infinitas posibilidades creativas que ofrece el uso del ordenador (basta repasar el blogroll de bunkertype.com para darse cuenta de que el admirado Calotipo de Carla Nicolás se encuentra en primer lugar, seguido de Lauren Press o del amigo Paco Vela conviviendo con total naturalidad). Entonces, ¿cómo resolvería ese principio esquizofrénico que empezaba a amenazarme?

Seguramente, y para concluir, puede tratarse de un problema de nomenclatura, y es que del mismo modo que a veces se usa  el término anglosajón «letterpress» en un intento de sortear la polisemia del genérico «tipografía» castellano, también sería pertinente —bajo el punto de vista de quien suscribe— nombrar de modos distintos ambos sistemas: el tradicional y el basado en el trabajo con ordenador y fotopolímero, sin menoscabo de ninguno de los dos; cada sistema tiene sus ventajas, sus limitaciones, sus usos y sus inconvenientes. En ese sentido —y redundando en el afán pedagógico mostrado por muchos de los talleres que trabajan con cualquiera de las dos técnicas— creo que un primer paso pasaría por dejar de usar los elementos y utillaje propios de la impresión tradicional que supuestamente tanto reverenciamos como mero atrezzo, como elementos decorativos, aunque asumo que cada uno es dueño de su casa y ahí hace lo que le da la gana… ¡faltaría! Lo que de verdad no entiendo es qué diantre hacían esas fotografías al principio del dichoso libro… viejas minervas, bonitos especímenes, imposiciones, interlíneas y lingotes acampañando bellas letras en madera o plomo; visto lo visto, ¿no hubiera sido más honesto explicar cómo funciona el fotopolímero y así nos enteramos todos?

Autor

Jesús proviene de familia de impresores y es diseñador gráfico de formación. Se dedica a la docencia en ESDi (Sabadell) y Elisava (Barcelona). En su taller BunkerType investiga y practica la impresión íntegramente manual.

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6 comentarios

  • Responder junio 12, 2013

    Juanjo

    Tienes toda la razón. Curiosamente yo ese libro lo tenía en inglés y no noté la contradicción hasta ver el título castellano.

    Es una pena por parte de los autores originales no haber hecho un esfuerzo por encontrar gente que usase tipografía de verdad, aunque sea para mostrar diferentes corrientes dentro de lo mismo.

  • Responder junio 12, 2013

    Ana Moliz

    Se agradece mucho toda información de este tipo, porque para los amantes de la tipografía que siempre estamos ávidos de adquirir conocimientos, a veces no encontramos reseñas o información relacionada con los contenidos de los libros a la hora de adquirirlos, cuando te llegan a casa, de la ilusión a la decepción hay un paso.

  • Responder junio 12, 2013

    jesus morentin

    Si, la verdad es que ya me gustaría a mi -por ejemplo- ilustrar como lo hacen muchos de los autores que aparecen en el libro, pero parece que lo importante sea la pisada… lo demás no importa…
    Lo que me sorprende es que, con la tradición tipográfica en EEUU o Reino Unido, nadie se haya preocupado de buscar una definición más precisa de los terminos!!! Alguien ha intentado buscar “letterpress” en Behance???

  • Responder junio 12, 2013

    Los Trastonautas

    Estamos de acuerdo, como ya sabes, en que es una cuestión de nomenclatura. Lo que se refleja cuando buscas “letterpress” en Behance poco tiene que ver con el trabajo que tu realizas, por ejemplo. Son procesos diferentes.

    Quizás el trabajo que se realiza con las tipos de plomo o madera, y hablamos sin saber, se basa en todo el proceso previo a la impresión, en el montaje y conceptualización del molde a estampar, en los arreglos de las tipos, etc… por el contrario, la mayoría de trabajos que ahora aparecen buscando “letterpress” tienen todo el trabajo en el momento de la impresión, todos los arreglos y ajustes que varían en dificultad dependiendo de la máquina que se esté utilizando para dicho proyecto, se efectúan en el momento de la impresión.

    Quizás por esto mismo antes estaba el que se dedicaba a montar textos (el cajista) y el que se dedicaba a imprimir (el minervista).

    En nuestro caso, somos “minervistas”, trabajamos en la impresión de un diseño para darle un buen acabado. Nada más, no somos ni tipógrafos ni consideramos nuestro trabajo tipografía.

    Volviendo a que el problema puede residir en la nomenclatura, también hay que entender que el termino “letterpress” se ha extendido muchísimo y como negocio es mucho más fácil, directo y sencillo transmitir al posible cliente lo que haces con esa palabra, que utilizando otra que pueda ser más apropiada (o no) para al final tener que volver a la palabra dichosa porque el cliente no acaba de entender de que se trata.

    Por último, estamos de acuerdo en que parece ser que en el “letterpress” de ahora solo se busque la pisada, nuestra trabajo es mostrar otras bondades de la técnica de impresión, y lo hacemos, pero al final, en nuestro caso, casi siempre se viene buscando eso, salvo rara excepción.

    Buen artículo! :)

  • Responder junio 12, 2013

    Paco Vela

    Como creo que ya le dije a Jesús, esto me recuerda las discusiones en clase de grabado calcográfico, entre los que defendían la pureza de la punta seca o la mordida con ácido y los que además utilizabamos cualquier cosa que pudiera entintarse y pasarse por el torculo. En cualquier caso el resultado era lo interesante, lo que hacía que una estampa fuera buena o mala, no la técnica utilizada.
    Los impresores actuales estamos empezando a dignificar este antiguo oficio, no caigamos en el mismo error. Si queremos que la imprenta tipográfica siga adelante debemos dejarla adaptarse al siglo XXI, una veces con acierto y otras no, pero al final serán las obras impresas las que perduren, no la técnica utilizada que solo servirá para ponerla debajo del título de la estampa. Felicidadeas por el artículo y sobre todo por hacernos pensar la imprenta.

  • Responder junio 15, 2013

    jesus morentin

    Seguramente hay parte de razón en todas las observaciones y al final más allá de una “competición de técnicas” (que claramente no es lo que se propone) no sea más un ataque de proselitismo en un contexto en el que, de seguir por ahí, ni los impresores sabrán que también se puede usar el tipo móvil, o que existe un sistema distinto casi atávico, en el que el ordenador no siempre tiene cabida y que -y ahí me mantengo obstinado- va vinculado a un lenguaje gráfico distinto al relacionado con la técnica del fotopolímero.

    (Dicho lo cual, me parece fantástico que el sector haya encontrado un modo de adaptarse y que las empolvadas minervas vuelvan a girar… faltaría más! Y que dure!)

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